Plaza principal Villa de Leyva. Fotografía: Lina Martinez. Mayo 2009

Ese día lo primero que tuve después de abrir los ojos fue  una sonrisa en la cara, algo me decía que éste no sería un día normal. Desperté a mis compañeras de viaje y casi las obligué a levantarse, afirmando que éste sí sería un día emocionante, pues la noche anterior, la noche de nuestra llegada, no había dado muchas señales de diversión, por el contrario nos había desilusionado la idea de que en aquel lugar tan pasivo no encontraríamos una buena historia para relatar en nuestro regreso a Bogotá. Pero había algo en el ambiente, algo inexplicable, tal vez ese llamado sexto sentido; que auguraba un día largo y lleno de experiencias nuevas para estas tres viajeras.

Villa de Leyva es sin duda el lugar por excelencia para pasar un fin de semana relajado, con una buena vista a las montañas, un exquisito aire puro y un agradable ambiente colonial que nos traslada a tiempos remotos y nos hace sentir en algún momento como integrantes importantes de una ciudad llena de historia.

 

Las calles son de piedra, y aunque es bonito, no puedo evitar decir que a veces se vuelve incómodo el caminar, claro, después de estar tan acostumbradas al rudo pavimento de la capital, este tipo de cosas se convierten en "incómodas", pero vaya que es lo de menos esa incomodidad cuando estás de frente ante semejante paisaje.

Este no era cualquier domingo, era el día de las madres y se percibía el ambiente de fiesta, grupos de familias aprovechando los diferentes planes turísticos que ofrece la villa, entre los más comunes: la visita al museo de fósiles, los paseos a caballo por el desierto y la aventura de conocer los enigmáticos pozos azules. Nosotras, a pesar de no encontrarnos en el plan familiar, también estábamos dispuestas a hacer parte de aquellas aventuras que nos ofrecían, así que emprendimos nuestra travesía montadas en hermosos caballos que parecían haber hecho un contrato con aquel desierto, pues mientras corríamos en ellos el paisaje se mezclaba con la velocidad, la majestuosidad y belleza de estos grandes animales. El paseo fue un éxito y regresamos a la villa satisfechas de aquella aventura.

Sin embargo, al llegar hubo algo que llamó mi atención, muchas personas caminaban en el mismo sentido, no era una procesión pero sí sentía que todas esas personas se dirigían al mismo lugar, llevaban flores en sus manos y sus estados de ánimo no eran los mismos de aquellos turistas que hace un rato había visto. Decidí seguir a estas personas y convencí nuevamente a mis compañeras a que lo hicieran, caminamos tal vez tres cuadras y llegamos al lugar que nunca pensamos visitar, pero ahí estábamos, era el cementerio.                                                                   

"Aquí comienza la Eternidad, Amén", era el letrero gigante que nos recibía a la entrada del cementerio,  no sé por qué pero esta frase llamó mi atención por completo, mi cerebro se tomó unos instantes para analizar aquello que parecía simple pero en realidad tenía toda la complejidad que existe cuando se encuentran en algún punto la vida y la muerte.

Ya adentro nos encontramos con un lugar tranquilo -no esperábamos algo diferente pues era un cementerio- pero esta tranquilidad era diferente, estaba acompañada de una melancolía profunda que se sentía al ver aquel lugar tan lúgubre y visiblemente desamparado; la entrada nos llevaba por uno de los tres caminos principales a la parroquia, que era una pequeña y vieja edificación, con solo algunas bancas pero con tal vez lo más importante, la imagen del Divino Niño

Recorrimos todo el lugar sin perder de vista el más mínimo detalle, éste no era un cementerio de ricos, las tumbas decoradas con flores de plástico, ya desteñidas por el sol y la lluvia, las cruces torcidas de hierro y cemento que decoraban las otras tumbas ubicadas en el suelo, y el pasto que visiblemente no se había cortado desde hace tiempo, mostraban más aún que éste, a pesar de ser un lugar para muertos, también marcaba el estrato como lo hacen los vivos.

Qué diferente se sentía el día de las madres en aquel lugar, qué diferente era para aquellas personas que tenían que visitar a las suyas ahí; pensé en aquel momento en lo irónico que era que a escasas cuadras muchas personas celebraban con sus madres, acompañados de cerveza o  tal vez vino, mientras acá otras cuantas reflejaban con sus miradas profundas aquel sentimiento de extrañar al ser más querido. En ese momento más que nunca quise tener a mi mamá a mi lado, me contagié de la melancolía y quise llamarla de inmediato, pero aguanté mis ganas y continué en mi recorrido.

Me detuve un rato a observar lápidas, a detallar los nombres, las fechas y los epitafios y en ese momento una niña llamó mi atención, era también una visitante y estaba sentada junto a una tumba en el suelo, no lloraba ni se mostraba triste, por el contrario jugaba con unas pocas flores de alrededor de la tumba; la escena no dejó de ser algo escalofriante pero a la vez muy tierna así que me acerqué un poco y a los minutos ya había empezado una conversación con aquella niña, que luego me dijo que se llamaba Sara, que tenía ocho años y que visitaba a su abuela que había fallecido cinco meses atrás.

No quise mostrarme acosadora, así que no hice muchas preguntas, afortunadamente Sara no se intimidó y me contó varias anécdotas de su abuela, de lo mucho que la quiso y de lo feliz que se encontraba ahora. ¿Feliz? me pregunté, ¿cómo puede estar feliz ante la muerte de su abuela?, con algo de pena y duda quise salir de mi interrogante así que me atreví y se lo pregunté, su respuesta fue la que nunca pensé escuchar, creo que tal vez sentí recibir la respuesta sabia de un filósofo, pero en realidad provenía de una niña de ocho años!

Me dijo: "Shhh! No hables tan duro que no quiero que me escuchen, mi abuela me dijo hace unos minutos que no me preocupara, que no me imaginaba lo bien que estaba al lado de mi abuelo y que me esperaba en muchos años para que compartiera con ella la felicidad que se sentía vivir en la eternidad".

No sé qué expresión tuvo mi cara, mis compañeras de viaje dicen que por unos minutos estuve un poco pálida y que no supe explicarles bien lo que había pasado...

Dejamos el cementerio y con nuestras maletas iniciamos nuestro camino a Bogotá. Aquella respuesta daba vueltas y vueltas en mi cabeza, luego con más calma analicé palabra por palabra de lo que había mencionado Sara, y creo que entonces sentí un alivio, ahora comprendía su actitud, me había mostrado que fuera realidad o no que su abuela le hubiese hablado, lo importante era que en su pensamiento había un manantial de esperanza, de ilusión, la felicidad de saber que al final de todo algo bueno espera por ella. Esto de inmediato le dio un cambio a mi actitud, me sentí también feliz y satisfecha, de saber que aquella aventura a la que me había adentrado en el "paseo a la villa", había sido más fructífera de lo esperado.

Entendí entonces que había conocido que la felicidad no era solo un estado físico, sino que más bien era aquella capacidad de creer que todo puede ser posible, y que al fin y al cabo siempre tendremos al final la tan anhelada eternidad.